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Análisis y opinión
De Exitosos y Perdedores (Mario Mendoza)
Comparto con ustedes una columna publicada en febrero de 2006 en el Diario El Tiempo, escrita por Mario Mendoza. Para mí, fue muy esclarecedora.
LA CIUDAD Y EL MUNDO
Exitosos y perdedores
Hay algo trivial en la obsesión por el éxito. Quien la padece negocia cualquier principio con tal de alcanzar prestigio.
La exigencia del éxito ejerce desde los más tempranos años escolares una presión indebida en los niños. No se les enseña el amor al conocimiento, el placer de enterarse de asuntos reveladores, la maravilla que es saber y asombrarse, el equilibrio interior que otorga el pensamiento.
No, se les exige otra cosa: resultados en las calificaciones, cifras verificables. Y las consecuencias son un desastre: niños muchas veces brillantes aplastados por el peso de una educación efectista y mediocre.
Más tarde, durante la juventud, la presión se acrecienta. Hay que ser exitoso, hay que brillar, hay que sobresalir. Y entonces entran en esa carrera absurda por títulos inútiles que hoy en día reemplazan los títulos nobiliarios de la antigua aristocracia: condes, marqueses, duques.
Hoy en día esos títulos han cambiado, ahora se laman posgrados, maestrías, doctorados. Como si el título en sí mismo otorgara lucidez y compromiso intelectual.
No, hay que estudiar no para tener esos cartones ni para ascender en las escalas trazadas, sino por amor a lo que se hace, por la dicha de entregarse a una disciplina por la que se siente pasión, por el placer de ir fundando con el mundo lazos cada vez más sólidos e imperecederos. Pero eso ya nadie lo enseña.
Y después, en la madurez, vemos entonces a esos arribistas luchando a toda costa por abrirse paso y cumplir como sea el sueño del éxito que les inculcaron desde niños. Penoso. Hacen cualquier cosa por alcanzar un cargo, sólo se relaciona con gente importante, quieren ser agradables con todo el mundo, son simpáticos.
Creo que muchas veces es exactamente al revés. Los hombres de éxito despiden un aire de importancia que siempre me ha parecido repulsivo, trivial, falso. En su gran mayoría, son personas débiles y sumisas que nunca han tenido el coraje para rebelarse, para decir no, para elegir un camino independiente que no haya sido trazado por el sistema.
Son existencias planas, chatas, rectilíneas, que en el camino han dejado todo pudor y que están dispuestas a negociar cualquier principio con tal de alcanzar prestigio, reconocimiento, dinero, estatus social. Casi siempre detrás de un éxito de ese estilo hay una gran suma de incapacidades y fracasos.
En cambio, el perdedor es por lo general un individuo complejo, rebelde, sinuoso, creativo, que se pregunta por todo y que no puede adaptarse a aquello que considera injusto e inútil, con una mentalidad que no cabe en los moldes establecidos, que ha decidido alejarse del rebaño, y las demás ovejas no le perdonan esa actitud y tarde o temprano terminan atacándolo y haciéndole pagar muy caro su deseo de mantenerse al margen.
En el fracasado hay un alta dosis de talento y de poesía que en el triunfador se transforma en mansedumbre y aburrimiento.
Hay un tipo de inteligencia normal, acartonada, obediente, que sigue las reglas y que por consiguiente alcanza buenas posiciones en la sociedad y grandes honores.
Pero la inteligencia desmesurada, que siempre va acompañada de una actitud anárquica, el verdadero talento, vive la realidad como una camisa de fuerza, como un elemento incómodo y mal elaborado.
El auténtico pensador se siente fuera de lugar y no encaja en las reglas que lso demás respetan e incluso veneran. Razón por la cual siempre está buscando ir un poco más allá, siempre transciende los límites, siempre está en proceso de no adaptarse. El problema es que eso no nos lo enseñan por una razón muy sencilla: porque es mucho más difícil.
LA CIUDAD Y EL MUNDO
Exitosos y perdedores
Hay algo trivial en la obsesión por el éxito. Quien la padece negocia cualquier principio con tal de alcanzar prestigio.
La exigencia del éxito ejerce desde los más tempranos años escolares una presión indebida en los niños. No se les enseña el amor al conocimiento, el placer de enterarse de asuntos reveladores, la maravilla que es saber y asombrarse, el equilibrio interior que otorga el pensamiento.
No, se les exige otra cosa: resultados en las calificaciones, cifras verificables. Y las consecuencias son un desastre: niños muchas veces brillantes aplastados por el peso de una educación efectista y mediocre.
Más tarde, durante la juventud, la presión se acrecienta. Hay que ser exitoso, hay que brillar, hay que sobresalir. Y entonces entran en esa carrera absurda por títulos inútiles que hoy en día reemplazan los títulos nobiliarios de la antigua aristocracia: condes, marqueses, duques.
Hoy en día esos títulos han cambiado, ahora se laman posgrados, maestrías, doctorados. Como si el título en sí mismo otorgara lucidez y compromiso intelectual.
No, hay que estudiar no para tener esos cartones ni para ascender en las escalas trazadas, sino por amor a lo que se hace, por la dicha de entregarse a una disciplina por la que se siente pasión, por el placer de ir fundando con el mundo lazos cada vez más sólidos e imperecederos. Pero eso ya nadie lo enseña.
Y después, en la madurez, vemos entonces a esos arribistas luchando a toda costa por abrirse paso y cumplir como sea el sueño del éxito que les inculcaron desde niños. Penoso. Hacen cualquier cosa por alcanzar un cargo, sólo se relaciona con gente importante, quieren ser agradables con todo el mundo, son simpáticos.
Creo que muchas veces es exactamente al revés. Los hombres de éxito despiden un aire de importancia que siempre me ha parecido repulsivo, trivial, falso. En su gran mayoría, son personas débiles y sumisas que nunca han tenido el coraje para rebelarse, para decir no, para elegir un camino independiente que no haya sido trazado por el sistema.
Son existencias planas, chatas, rectilíneas, que en el camino han dejado todo pudor y que están dispuestas a negociar cualquier principio con tal de alcanzar prestigio, reconocimiento, dinero, estatus social. Casi siempre detrás de un éxito de ese estilo hay una gran suma de incapacidades y fracasos.
En cambio, el perdedor es por lo general un individuo complejo, rebelde, sinuoso, creativo, que se pregunta por todo y que no puede adaptarse a aquello que considera injusto e inútil, con una mentalidad que no cabe en los moldes establecidos, que ha decidido alejarse del rebaño, y las demás ovejas no le perdonan esa actitud y tarde o temprano terminan atacándolo y haciéndole pagar muy caro su deseo de mantenerse al margen.
En el fracasado hay un alta dosis de talento y de poesía que en el triunfador se transforma en mansedumbre y aburrimiento.
Hay un tipo de inteligencia normal, acartonada, obediente, que sigue las reglas y que por consiguiente alcanza buenas posiciones en la sociedad y grandes honores.
Pero la inteligencia desmesurada, que siempre va acompañada de una actitud anárquica, el verdadero talento, vive la realidad como una camisa de fuerza, como un elemento incómodo y mal elaborado.
El auténtico pensador se siente fuera de lugar y no encaja en las reglas que lso demás respetan e incluso veneran. Razón por la cual siempre está buscando ir un poco más allá, siempre transciende los límites, siempre está en proceso de no adaptarse. El problema es que eso no nos lo enseñan por una razón muy sencilla: porque es mucho más difícil.
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1 Opiniones:
Totalmente de acuerdo... Los poderosos los llaman rebeldes porque como no son como ellos de algun modo los tienen que llamar...
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